Del idealismo a la calculadora: la pragmática necesidad de la tesis Rufián.

Durante mucho tiempo, la formulación de un «frente popular» o un bloque antifascista unitario ha arrastrado un lastre inevitable: la incomprensión política y una cierta miopía histórica. La idea de unificar bajo una sola bandera a proyectos territoriales, soberanistas y de izquierda estatal solía chocar con la rigidez ideológica, el purismo de siglas o el fantasma de experimentos del pasado que poco o nada tienen que ver con el contexto institucional actual. Sin embargo, cuando se despoja el concepto de su carga retórica y se traduce al lenguaje de la aritmética electoral, la propuesta de Gabriel Rufián deja de ser una quimera para convertirse en un ejercicio estricto de supervivencia y eficiencia política.
​Las incipientes dinámicas de frentes amplios que ya se observan o ensayan en territorios como Catalunya, el País Vasco y la Comunitat Valenciana demuestran que el mapa político avanza hacia la reorganización del espacio progresista y plurinacional. En ese escenario, Galicia ofrece un claro espejo donde mirarse: el crecimiento y consolidación del Bloque Nacionalista Galego (BNG) bajo el liderazgo de Ana Pontón responde precisamente a la capacidad de articular una casa común soberanista y amplia, capaz de aglutinar el voto útil frente a la derecha sin diluir la identidad territorial.
​Las declaraciones de Rufián no hacen sino trasladar esta lección al conjunto del Estado a través de una propuesta tan lógica en lo técnico como arriesgada en lo partidista: la no agresión y la colaboración táctica ante la dispersión del voto.
​El diagnóstico de partida es incontestable. El sistema electoral penaliza severamente la fragmentación en las circunscripciones medianas y pequeñas, donde acudir divididos equivale, en la práctica, a regalar el último escaño disputado a la extrema derecha. Frente a esta sangría, la respuesta tradicional de los partidos ha sido el atrincheramiento en las siglas o la pretensión de hegemonizar el espacio desde un centralismo ineficaz. La alternativa contrapone una lógica de eficiencia territorial cruzada: que las fuerzas que actúan como motor político en sus respectivos territorios —como el BNG en Galicia, EH Bildu en Euskadi, Compromís en Valencia o Esquerra en Catalunya— lideren y ordenen el espacio, mientras se coordinan apoyos y apelaciones al voto con referentes estatales allá donde no se compita.
​Esta perspectiva exige un ejercicio de responsabilidad y humildad política poco habitual. Asumir que para ganar escaños decisivos hay que renunciar a presentar listas residuales en determinadas provincias implica poner los resultados del bloque global por encima de las cuotas de poder partidista. La referencia a líderes con arraigo propio subraya que la alternativa al avance conservador no pasa por un nuevo hiperliderazgo centralizado, sino por una red de alianzas que entiendas la plurinacionalidad como un activo electoral real.
​Es innegable que la iniciativa encuentra reticencias internas y recelos orgánicos. Sin embargo, con los primeros cimientos de frentes amplios ya en marcha en diversos territorios, la propuesta situará de forma ineludible el debate en el pragmatismo numérico. Ante los próximos procesos electorales, la izquierda plurinacional no necesita renovar sus votos de fe ideológica, sino aprender a multiplicar restando duplicidades.

Lois Pérez Leira (Cofundador de La Iizquierda Plurinacional)

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *